viernes, 30 de diciembre de 2011

¿Amistad?


Decir que el idealismo es más un defecto que una virtud es erróneo. El idealismo es un defecto, punto. Y este defecto (como todo el que se precie de serlo) me ha traído mas dolores de cabeza que otra cosa. Quizás este sea uno más, pero creo necesario escribir esto en estos tiempos en que al parecer las palabras valen menos que una golosina.

La amistad no es un juego. Si lo sé, suena estúpido. Parece una frase de sobrecito de azúcar. Pero hay mucha gente que aún hoy parece no entenderlo. La amistad es un compromiso. Y como tal, hay que honrarlo. Y a diferencia de un noviazgo o casamiento, este compromiso jamás es obligatorio. La amistad es esa promesa que un alma le hace a otro porque así lo siente.

Ahora bien ¿cómo se honra una amistad? ¿Acordándose del cumpleaños de la otra persona? Probablemente. ¿Diciéndole cosas lindas? Seguramente. Pero hay que entender de una vez que ni la buena memoria ni las palabras más dulces alcanzan si uno no “está” en la vida de su amigo. Así se honra una amistad, estando. Es casi seguro que todo aquel que lea esto automáticamente pensará “bien, entonces yo soy un buen amigo, porque estoy”. Bueno, entérense que no. “Estar” no es sentarse a esperar que un amigo nos necesite. “Estar” no es dar por hecho que ese amigo está bien si no se comunica con nosotros. “Estar” no es estar solo en las malas. Estar es estar todos los días. Es saludar apenas se tenga la oportunidad. Es tomarse el tiempo que dura escribir un sms para ver cómo está la otra persona. Es demostrarle el cariño que se siente por ella. Es buscar a esa persona más no sea para contarle que uno sonrió por haber visto una paloma. Estar es pensar, extrañar y necesitar a ese amigo. Eso es estar. Eso es una amistad. Acá, en China y en la Luna.

Tal vez alguien se pregunte “¿Cuál es la diferencia entre una amistad y el amor?” La respuesta es la más sencilla que se puede dar: ninguna. La amistad es el amor en estado puro. Tan simple como eso.

Entonces, “amigas” y “amigos” míos, si tienen miedo de perder su hombría por dar un abrazo o elogiar a alguien de su mismo sexo. Si no tienen los ovarios bien puestos para decirle “te quiero” o “te amo” a un amigo del sexo opuesto. Si prefieren sentarse a esperar un mensaje. Si les jode saber todos los días de él o ella o temen “molestarlo/a”. Si no tienen la voluntad de Estar, tengan a bien abstenerse de hablar de amistad. De gente que habla de cosas que no conoce ya está demasiado lleno este mundo.

FIN. (Texto propio. Escrito con bronca y mucha tristeza.)

sábado, 8 de octubre de 2011

De haber sabido...



¿Puede el deseo llegar a matar? Parece una pregunta trillada que quizás merezca su respuesta también trillada. Esta historia presenta una perspectiva un poco diferente sobre esa cuestión. Y al final, una respuesta…

Todo comenzó en una fiesta de cumpleaños. Yo sabía que varios de mis amigos la conocían de hacía tiempo. Pero yo era más bien retraído, tímido y nunca me había animado a pedirles que me la presentaran. Esa fue la noche en que todo cambió para mí.

Cuando la ví simplemente no supe que hacer o decir. Ahí estaba ella. Llamativa, radiante, deseable. Me llamaba sin emitir sonido alguno. Mis amigos me empujaban hacia ella, me aseguraban que todo iba a estar bien. Y al final la tentación pudo más. Subí con ella al cuarto del dueño de casa y me encerré. La desnude lentamente y aspire su aroma y cada palmo de su ser toscamente, como el principiante que era. La adoré.  Cuando volví junto a mis amigos me sentía en un estado que no pude menos que comparar con el amor más profundo.

Por días pensé en ella. Deseaba, necesitaba volver a verla. Volver a sentir todas esas sensaciones que me produjo. Fui hasta la casa de mi amigo y le rogué que me dejara estar con ella. Él al principio quiso disuadirme, intento hacerme creer que había sido un error que la conociera. Pero ya era tarde. Yo no quería escuchar lo que para mi eran solo excusas para retrasar nuestro encuentro. Al final mi amigo cedió y una vez más estuve cara a cara con ella. Recuerdo que las emociones fueron aun más placenteras que la primera vez. Y ahí me convencí. Estaba enamorado.

Repetimos esto unas veces más. Pero claro, llegó el momento en que debía buscarla por mí mismo. Ella no era fácil de encontrar y aun menos de pagar. Durante semanas no supe que hacer. Me desesperé. Mi estado era cada vez más tétrico y tenia arranques de furia. Mi familia al principio no entendía nada. Hasta que por fin descubrieron el motivo de mi cambio. De más esta decir que se pusieron en contra del “amor” que yo sentía por ella. Y me prohibieron siquiera pensarla.

Pero una noche no aguante más. Estaba completamente sacado. Algo tenía que hacer. Ya había pasado demasiado tiempo sin ella. Espere a que todos durmieran y me escapé. Vague sin saber dónde ir o que hacer por varios minutos. Hasta que me decidí. Si quería estar con ella, tenía que conseguir el dinero. Y no lo dude. Entre a una casa lo más silencioso posible y robe el dinero que allí había. Fui a ver a uno de mis amigos y lo obligué a que me dijera dónde encontrarla. Un rato más tarde disfrutaba de sus placeres nuevamente.

Ella se convirtió en mi vida. Me era imposible pensar en otra cosa que no sea tenerla en mis manos y “amarla”. Mi familia hizo todo lo posible por ayudarme, pero no hubo caso. Un día me fugué definitivamente. Me convertí en ladrón para poder estar con el objeto de mi deseo. Incluso llegue a matar. Estuve en la cárcel, pase hambre, frio, todo tipo de calamidades. Todo por ella.

Y hoy aquí me encuentro. En esta cama de hospital. Esperando que llegue por mí el helado alivio que traerá consigo la muerte. Los médicos ya no pueden hacer nada. Mi sentencia está escrita. Dicen que el arrepentimiento es para los débiles. Pero les juro que ni siquiera hubiese ido a ese cumpleaños, de haber sabido todo lo que la cocaína podría hacerle a un hombre que alguna vez fue tímido y bueno…

FIN (Cuento propio. Basado en un hecho real. Escrito en una noche de lluvia recordando a un amigo que ya no esta)

viernes, 5 de agosto de 2011

La reina y el pescador.


Hay una pregunta que se me viene a la mente de tanto en tanto: ¿es posible que dos personas se enamoren entre sí sin haber cruzado siquiera una palabra? La conclusión (apresurada, a qué negarlo) a la que siempre llego es que no, no es posible. Aunque la historia que sigue, me permite aferrarme a la ilusión de que quizás esté equivocado…

Ella era una reina sin corona. No solo su posición económica y su belleza la habían hecho popular, sino que además su actitud para con los demás la habían convertido en la niña mimada del barrio. Su cabello era negro azabache, sus ojos verdes y aunque su tez tenia la palidez de la blanca luna, esto no hacía más que resaltar la hermosura de su rostro. Todo esto, coronado con unas curvas capaces de hacer temblar al más bravo de los hombres.

El trabajo de su padre, un medico reconocido a nivel nacional, le permitía viajar a distintos lugares del país. Y en uno de esos viajes fue que lo conoció a él…

El era un muchacho humilde. La vida (llamémosle así) lo había dejado solo muy rápido al morirse sus padres cuando el apenas tenía 9 años. Esto lo obligo a elegir entre los estudios y el trabajo. Y en realidad, no necesitó pensarlo demasiado. Luego de hacer de cadete de personas con un sentido de la bondad digno de una hiena, decidió tomar el toro por las astas y trabajar por su cuenta. Ser pescador quizás no sería lo que sus padres hubiesen querido para él, pero era lo más sencillo y rendidor en ese momento.

Físicamente él también sabia como atraer a las muchachas de su pueblo. Su pelo oscuro enrulado y su tez bronceada encajaban perfectamente con su sonrisa de chico tímido y su cuerpo más bien flaco, pero macizo.

Aquel primer encuentro fue puramente casual. El hacía una de sus típicas rondas para vender sus pescados cuando ella salía del hotel donde se hospedaba. El contacto visual fue inmediato. A pesar de lo que podría pensarse, a ella no le molesto el olor que emanaba del carro del muchacho y le regaló una fugaz pero palpable sonrisa. El se quedó paralizado y su semblante denotaba un gran esfuerzo por emitir aunque sea un sonido. Pero el momento había pasado y ella entró al auto para desaparecer rápidamente en el polvoriento camino.

Los meses pasaron. Ella había mantenido en su recuerdo aquel encuentro por un tiempo, aunque su vida agitada haría que pronto se olvidara de ello. Pero una cálida mañana de febrero, el destino volvió tender su manto sobre sus vidas.

El carnaval estaba en pleno apogeo y la gran novedad eran las pequeñas comparsas que venían del interior. A ella la divertían mucho esas situaciones y siempre tenía un lugar de privilegio entre la multitud. Y ahí estaba él de nuevo. Vestido con ropas llamativas y bailando al son de la música. Estaba tan absorbido por la danza que no notó la presencia de aquella mujer que él sí no había podido olvidar. Pero ella sí lo vió. Su corazón esta vez dió un vuelco y quiso gritarle a través del ruido, pero como si fuera una broma de mal gusto, esta vez quien desapareció fue el…

Pasaron muchos años. Ella decidió entregarse a quien le pareció que podría darle un futuro. Sin mucho convencimiento, pero con la voluntad de ser feliz. A él, la suerte le siguió siendo esquiva y maduró con la resignación de quien al menos lo intentó.

Pero la vida siempre guarda una sorpresa más. Una fría tarde de agosto  el padre de nuestra protagonista recibió un llamado urgente. Se había producido un grave accidente en una zona cercana y se requerían sus servicios. Solo para recordar viejos tiempos (quizás por alguna premonición repentina), ella decidió ir con su padre.

El hospital al que habían llevado a los heridos era un caos. La gente (en su mayoría familiares) iba y venía haciendo preguntas. Solo una de las salas individuales permanecía tranquila. Allí nadie corría, nadie preguntaba nada. Y hacia ese preciso lugar fue ella. 

Llamada por la curiosidad y sin pedir permiso, ingresó a ver quién era aquella persona dejada a la buena de Dios. Y si, amigos míos, era él. Su aspecto era horrible. Las heridas lo habían convertido en poco menos que un monstruo. Aun así, ella no tardó ni medio segundo en reconocerlo. Para ella aquel hombre que se debatía entre la vida y la muerte, seguía siendo aquel muchacho que un día desapareció con su comparsa dejándola con las palabras en el corazón. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Trato de contenerse, pero no pudo. Se inclinó y lo abrazó suavemente. Y fue allí que notó algo. Apoyada sobre la mesa de luz estaba un viejo y ya roído anotador. Ella lo tomó sin pensarlo dos veces. Solo una de las páginas estaba escrita. Imaginen cuán grande fue su sorpresa al ver su nombre junto a una pequeña y ya deslucida frase: “Llevare tu sonrisa conmigo por siempre. Te amo”. Su llanto se hizo más profundo y perdió las fuerzas de sus piernas. Y allí, en medio del dolor de ver partir a quien fue su verdadero amor y casi como queriendo no profanar aquel silencio que había marcado sus vidas, escribió su despedida en aquel anotador: “Te amaré por el resto de mi vida”. Dió media vuelta y simplemente se fue. Se llevo consigo su cuerpo, pero sin dudas su alma se quedó con él…

Solo tres veces cruzaron sus caminos. Pero eso les basto para forjar un amor tan grande como el universo mismo. ¿Puede una historia como esta suceder en la realidad? Probablemente no. Pero ningún mal nos haría sostener nuestra fe y al menos por un rato, creer que todo es posible…

FIN (Cuento propio. Inspirado en un pequeño fragmento del capítulo “Balada del amor imposible” perteneciente al libro “Crónicas del Ángel Gris” de Alejandro Dolina. Dedicado a esa mujer que aun sueño con volver a ver.)

viernes, 22 de julio de 2011

El Angel de Mons.


Siempre me gustaron las historias paranormales. Tanto esas de terror un tanto fantasiosas, casi cómicas diría, como aquellas más bien tiernas, gratamente sorprendentes  o incluso románticas. Y justamente la historia que se relata a continuación pertenece a esta segunda categoría. A mi entender merece ser contada por algunos ribetes de realidad que la envuelven…

Para empezar situémonos en tiempo y espacio. Corre el mes de agosto de 1914 y la Primera Guerra Mundial está en pleno apogeo. Pasaron apenas unas semanas desde que el conflicto tornase de un simple pleito entre el Imperio Austrohúngaro y Serbia, a una contienda a escala continental. Y obviamente (casi diría, haciendo honor a su historia) Gran Bretaña no tardo en meterse en la lucha.

Es en este contexto que ocurre nuestra historia. Las fuerzas Británicas, lideradas por el comandante French y aliadas con el ejercito Francés, son enviadas a Bélgica, más precisamente a la ciudad de Mons, capital de la provincia de Hainaut, para intentar repeler el ataque Alemán que se hacía cada vez más fuerte en la frontera Belga. El ejercito británico no solo no consigue detener el avance enemigo, sino que además se ve obligado a una vergonzosa retirada para evitar ser masacrado por la potencia bélica Alemana.

Entre los regimientos que emprenden la retirada se encuentra el denominado Coldstream, los protagonistas de este relato. Son soldados conocidos por su bravura, pero también por su sentido común. Obligados por las circunstancias (la llegada de la noche y el tener a los alemanes pisándoles los talones), los soldados se introducen en un frondoso bosque con la esperanza de despistar a sus perseguidores.

El oficial a cargo da la voz de alto y ordena esperar allí mismo la llegada del nuevo día. Apenas esto ocurre, algunos de los soldados son enviados a través del espeso bosque en búsqueda de algún camino que les permitiese salir de allí con vida. Solo pasan 20 minutos cuando los soldados regresan desolados por la total falta de salidas más que aquella por donde habían venido.

La situación se va tornando cada vez más desesperada. Dos soldados de nombre MacAllister y Brown charlan sobre su mala suerte cuando el primero ve por encima del hombro de su compañero una extraña luz perfectamente visible a pesar de la niebla.
La escena se vuelve aun más impresionante cuando la mencionada luminosidad empieza cobrar forma. Una figura alta y flaca se hace presente. Los soldados retroceden unos pasos y no dan crédito a lo que ven sus ojos. En apenas unos segundos, de la espalda de esa especie de hombre que tienen delante, surgen dos grades alas. Tiempo más tarde, el soldado MacAllister recordaría con algo de gracia que a ese ser “solo le faltaba el círculo encima de la cabeza para ser uno de esos dibujos de Disney”.

Brown va en busca del oficial para contarle lo que está sucediendo. Totalmente descreído, el jefe de regimiento acompaña a su soldado y casi toca el suelo al aflojársele las piernas. Lo que estaban viendo era sin duda alguna un ángel y para mayor estupor del oficial, aquel ser les estaba pidiendo que lo siguiesen.

Luego de un momento de indecisión y a sabiendas de que ya no había nada que perder, el oficial da la orden a sus soldados de seguir a aquella aparición. La sensación de no haber tomado una buena decisión embarga al oficial al ver que el supuesto ángel los empieza a guiar por el mismo tramo de bosque que había sido inspeccionado minutos antes.

Y como si de una película de Hollywood se tratase, los soldados ven materializarse ante sus ojos un camino nítido y recto que da la impresión de poder sacarlos de esa trampa mortal en la que la necesidad los había metido. ¿Puede caberle a esta historia algún otro detalle impactante? Si, ya que a medida que cruzan dicho camino, observan como aquella figura que hasta hace unos minutos les estaba sirviendo de guía se esfuma lentamente levantando uno de sus brazos en señal de despedida…

Mucho se ha hablado de esta historia a lo largo de los años. Los escépticos hablan de histeria colectiva motivada por el cansancio y la desesperación del momento. Es sin dudas lo más probable. Pero es imposible negar que este episodio le ha dado una base a aquellos que no dudan en asegurar que fue Dios quien envió a uno de sus ángeles para rescatar a los Coldstream.

Como sea, aun hoy no se ha encontrado una respuesta definitiva a la aparición del Ángel de Mons, que salvo a un grupo de soldados de una segura muerte...

FIN. (Historia tomada de internet y reescrita por mí. Créditos al blog Mitos Urbanos por traerlo de nuevo a mi mente)

Sorpresa...


Lo planeó durante meses. Nada podía salir mal. Pensó en todos y cada uno de los detalles. Que diría, como lo diría y cuando lo diría. El regalo especial, la cena romántica, el baile hasta casi el amanecer y luego el regreso al hogar. Aquel hogar que habían construido juntos. Había elegido ese 14 de febrero precisamente porque ese día se daba una buscada pero aun así extraña coincidencia. No solo era el famoso día de San Valentín (hecho al que jamás le restaron importancia) sino que también eran sus bodas de plata y el cumpleaños numero 50 de el. Era sencillamente perfecto que ocurriese ese día...

Caminaron por la peatonal con aire descuidado, como si solo fuera un paseo más. Miraron vidrieras y rieron con ganas ante cada ocurrencia que les venía a la mente. Se detuvieron en una joyería y a ella la llenó una sensación de gozo y felicidad increíbles. Por fin tenía en sus manos aquel anillo de diamantes que una vez vio y siempre quiso. “Esto es maravilloso” pensó ella. “Todo esta saliendo perfectamente” pensó él. Luego fueron al mejor restaurant de la ciudad. Ella seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo. Comieron todo lo que quisieron, bebieron moderadamente y partieron para la que seria la última parte de la noche...

Ya dentro del boliche, ella pidió volver a casa alegando no sentirse bien. A el le pareció mas una excusa que otra cosa, pero como aquello no estropeaba sus planes, aceptó. Durante el viaje en taxi ella escribió rápidamente un mensaje de texto. Cuando el le preguntó para quien era, ella solo respondió “Para nadie. Ya lo sabrás” y sonrió. Si es que todavía le quedaba alguna, esa sonrisa le quitó toda duda de lo que pensaba hacer...

Bajaron lentamente del auto y fueron hasta la puerta de la casa. La luz de la luna le daba un toque aun más especial a ese momento. El miró para todos lados asegurándose que nadie los viera. Ella se disponía a abrir aquella puerta cuando de repente él la agarró fuertemente del brazo. Ella giró sonriendo nuevamente. Esperaba con ansias aquel beso que coronara esa noche mágica... “Así que me engañas, perra! Y encima con mi hermano!” dijo el sin levantar tanto la voz... “Que? No! Por favor! No!” gritó ella ahogadamente... 

La daga que el tuvo todo el tiempo entre sus ropas se metió profundamente entre sus senos. Ella cayó pesadamente, ya sin vida. El volvió a mirar alrededor, quitó la daga del cuerpo de aquella mujer que alguna vez fuera el amor de su vida y abrió la puerta. Todo estaba extrañamente oscuro adentro. Levanto el cadáver, lo metió en la casa, lo puso en el suelo, cerro la puerta y encendió la luz... Lo que vio simplemente lo hizo palidecer, casi hasta el desmayo... “¡¡Sorpresa!!”. Allí parados en el living, bajo un gran cartel de Felices 50 años, se encontraban sus amigos, su familia y toda la familia de ella, que miraban atónitos como el terminaba de rematar a aquella mujer que le dio todo durante años y le quitó la cordura para siempre, en solo un momento...

FIN (Cuento Propio. Inspirado en uno que lei cuando niño. Escrito en un mal dia...)

Dos años.

El despertador hizo su trabajo como cada mañana. La de ese día se sentía especialmente fría. Mi ojo derecho, el primero en abrirse, me mostró a través de la ventana un cielo gris que se preparaba para pasar a ser negro en lugar de celeste. El pensamiento de que lo mejor seria quedarse en la cama y seguir durmiendo paso como una estrella fugaz por mi mente. Solo unos instantes mas tarde, sentiría que quizás hubiese sido realmente lo mejor seguir ese pensamiento. Hoy me alegro de no haberlo hecho. 

Con un gran esfuerzo logre salir de la cama. Luego de luchar con el agua caliente para que apareciese, me di una ducha que no hizo más que relajarme aun más y despertarme aun menos. Unos minutos más tarde me sentaba en mi estudio con mi taza de capuchino al lado, esperando que viniese a mi mente alguna idea que me ayudara a continuar. Había un libro que entregar y estaba más que atorado en su desarrollo. 

Y fue entonces cuando escuche los golpecitos en la puerta. Una terrible sensación de familiaridad recorrió mi espalda… Casi sin voluntad y diciéndome a mi mismo que no podría ser, me levante a abrir. Lamentablemente (¿lamentablemente?) no me había equivocado... Ahí estaba ella. Dando saltitos para luchar contra el frío. Su carita de ángel no había cambiado en nada, aunque se le notaba que hacia rato había perdido la sonrisa. Esa sonrisa que más de una vez fue mi mayor inspiración. No supe que hacer. Sentí como mi cordura se paraba al lado mío riéndose de mi cara desencajada por el asombro. 


Dos años habían pasado de la última vez que la vi. Dos largos años desde aquel definitivo y doloroso adiós. Flashes del pasado volvían a mi memoria y todo se volvió confusión dentro de mí. Como si me despertara de un sueño, escuche su dulce voz: “Hola. ¿Como estas?”. Quise articular una especie de saludo, pero nada salio de mi boca. “¿Podría pasar? Hace frio” fue lo siguiente que escuche y eso termino de despertarme. La deje entrar y su cuerpo (abrigado pero perceptible) paso muy cerca mío. Le rogué a mi cordura que volviese dentro de mí. No quería dejarme llevar por ningún tipo de impulso. 

La sala de estar era un pequeño desastre. Hacia rato que no me dedicaba a limpiarla y hasta podía divisarse en un rincón un par de medias que creía perdidas. Trate de acomodar algunas cosas y prendí la chimenea, siempre en silencio. Aun no tenia en claro que decirle a aquella mujer que había sido la luz de mis ojos durante tantos años y que de la noche a la mañana se había convertido en mi peor pesadilla. 

“Es bueno saber que algunas cosas no cambian” dijo en tono de broma. “Todo cambia, Florencia. Vos lo sabes mejor que nadie” repliqué y su reacción me hizo notar que la primer frase del día había sido innecesariamente agresiva. Ella venia en son de paz, yo me había puesto (sin quererlo incluso) en pie de guerra. Se sentó en uno de los sofás y destapo su larga cabellera rubia. Quede embelesado. Recordaba perfectamente su pelo, pero volver a verlo en vivo fue un gran shock de placer. Su cabello ahora suelto hacia resaltar aun mas su belleza. “No me respondiste. ¿Como estas?” pregunto como queriendo evitar todo lo posible el ir al grano. “Que haces acá?” pregunte yo. La agresividad no tenía la más mínima intención de irse. “Quería verte. Necesitaba verte” respondió y su intento por permanecer tranquila se fue apagando. “Pero nosotros…” “Si, ya se” interrumpió “nosotros hace dos años que terminamos, lo se. Créeme que lo recuerdo perfectamente” y al terminar de decir esa frase, la primera lágrima empezó a recorrer su mejilla. “Sinceramente, a quien menos esperaba ver era a vos” dije, manteniendo la distancia que inconscientemente me moría por achicar. “Supuse que eras feliz con aquel con quien te fuiste”. “Lo soy” dijo ella y sentí como mi corazón se detenía por un instante, como si un balazo lo hubiese atravesado. “Solo que algunas cosas son mas fuertes que uno mismo” prosiguió “Como las ganas de volver a verte, charlar con vos, abrazarte…”. 

Las lágrimas ahora bajaban como agua de manantial de esos ojos azules que tantas veces adoré… “Sabes que esto es un error, ¿no? No deberías estar acá. Deberías estar haciendo lo que sea que hagas habitualmente con el. No podes venir así de la nada, pretender que esta todo bien y que charlemos como si nada hubiese pasado” El tono de mi voz fue subiendo. “Nunca me salio el papel de amigo luego de haber hecho el de novio y lo sabes. Deberías irte” Mi conciencia era la que me dictaba aquellas palabras, pero mi alma se rehusaba a aceptarlas y en cambio me pedía a gritos que la abrazase, que le dijese lo que mi corazón se había callado todo ese tiempo. Me miro con la expresión más triste que vi en mi vida. Nos quedamos mirándonos fijamente y en silencio unos minutos. Las lagrimas no paraban de brotar y en ese momento me encontré a mi mismo llorando también. 

“No vine a verte como posible amiga” respondió finalmente. “¿Entonces?” pregunte yo aun mas confundido y tratando de recuperar la calma. Se levanto y creí que eso seria todo, que volvería a irse de la misma manera que lo había hecho dos años antes, entre llantos y sin respuestas. Me levante con la intención de despedirla. “Por favor, perdóname…” murmuró… No podría precisar cuanto tiempo paso entre una cosa y otra. Solo se que me sorprendió con ese abrazo que había insinuado antes, que caímos nuevamente en el sofá y que sus labios buscaron los míos con la misma pasión que lo hacían cuando nos jurábamos amor eterno… Y que no pude resistirme a lo que estaba sucediendo... 

Lo que siguió no tiene caso relatarlo aquí. Solo diré que quizás nos debíamos ese mágico momento. Hoy han pasado otros dos años desde aquel día. Ella volvió a su vida, esa vida en la que yo era un buen recuerdo y yo volví a mis libros y mis propios recuerdos… Solo que esta vez uno de esos recuerdos me permite aferrarme a la vida como un niño se aferra a un juguete visto en una vidriera… es el recuerdo de sus ultimas palabras: “Hoy no será la ultima vez…”. Están golpeando la puerta… Una hermosa sensación de familiaridad me recorre la espalda…

FIN. (Cuento propio. Inspirado en deseos propios que luego se hicieron realidad...)