¿Qué tan mala puede ser una
tristeza luego de una alegría…?
Aquella mañana desperté
sonriendo. ¿Cómo no hacerlo si lo tenía todo? Un buen trabajo, una casa hecha a
mi antojo y mi maravillosa mujer durmiendo a mi lado.
Me quede mirándola hasta
que ella también despertó. Como ya era costumbre desde hacía días, ella no sonrió.
Aun así, creí notar la felicidad en su mirada. Respiró hondo y quiso decirme
algo. Callé sus labios con mis dedos y la besé.
Ese beso, profundo y dulce, despertó
al deseo. Acaricié su cuerpo por debajo de la sabana y sentí su excitación a
flor de piel. Sin poder evitarlo más, nuestros sexos se juntaron e hicimos el
amor salvaje y tiernamente. La pasión se desbordaba. El placer era
infinito. Las horas pasaron y no hacíamos otra cosa más que delirar de tanto gozo.
Al fin, nuestros deseos satisfechos y nuestros cuerpos cansados nos hicieron
parar. Nos quedamos acostados y la abracé con todo mi amor. Recordé que al despertar ella quiso
decirme algo y yo la detuve. Le preguntè que era. Su voz y sus palabras aun
retumban en mi mente: “Ya no te amo. Hace días que quería decírtelo y no me
animaba. Quiero el divorcio, me voy hoy mismo…”
FIN. (Cuento propio. Inspirado en
la canción “Amanecí otra vez” de José Alfredo Jiménez que hace dos días no se
va de mi mente.)