viernes, 5 de agosto de 2011

La reina y el pescador.


Hay una pregunta que se me viene a la mente de tanto en tanto: ¿es posible que dos personas se enamoren entre sí sin haber cruzado siquiera una palabra? La conclusión (apresurada, a qué negarlo) a la que siempre llego es que no, no es posible. Aunque la historia que sigue, me permite aferrarme a la ilusión de que quizás esté equivocado…

Ella era una reina sin corona. No solo su posición económica y su belleza la habían hecho popular, sino que además su actitud para con los demás la habían convertido en la niña mimada del barrio. Su cabello era negro azabache, sus ojos verdes y aunque su tez tenia la palidez de la blanca luna, esto no hacía más que resaltar la hermosura de su rostro. Todo esto, coronado con unas curvas capaces de hacer temblar al más bravo de los hombres.

El trabajo de su padre, un medico reconocido a nivel nacional, le permitía viajar a distintos lugares del país. Y en uno de esos viajes fue que lo conoció a él…

El era un muchacho humilde. La vida (llamémosle así) lo había dejado solo muy rápido al morirse sus padres cuando el apenas tenía 9 años. Esto lo obligo a elegir entre los estudios y el trabajo. Y en realidad, no necesitó pensarlo demasiado. Luego de hacer de cadete de personas con un sentido de la bondad digno de una hiena, decidió tomar el toro por las astas y trabajar por su cuenta. Ser pescador quizás no sería lo que sus padres hubiesen querido para él, pero era lo más sencillo y rendidor en ese momento.

Físicamente él también sabia como atraer a las muchachas de su pueblo. Su pelo oscuro enrulado y su tez bronceada encajaban perfectamente con su sonrisa de chico tímido y su cuerpo más bien flaco, pero macizo.

Aquel primer encuentro fue puramente casual. El hacía una de sus típicas rondas para vender sus pescados cuando ella salía del hotel donde se hospedaba. El contacto visual fue inmediato. A pesar de lo que podría pensarse, a ella no le molesto el olor que emanaba del carro del muchacho y le regaló una fugaz pero palpable sonrisa. El se quedó paralizado y su semblante denotaba un gran esfuerzo por emitir aunque sea un sonido. Pero el momento había pasado y ella entró al auto para desaparecer rápidamente en el polvoriento camino.

Los meses pasaron. Ella había mantenido en su recuerdo aquel encuentro por un tiempo, aunque su vida agitada haría que pronto se olvidara de ello. Pero una cálida mañana de febrero, el destino volvió tender su manto sobre sus vidas.

El carnaval estaba en pleno apogeo y la gran novedad eran las pequeñas comparsas que venían del interior. A ella la divertían mucho esas situaciones y siempre tenía un lugar de privilegio entre la multitud. Y ahí estaba él de nuevo. Vestido con ropas llamativas y bailando al son de la música. Estaba tan absorbido por la danza que no notó la presencia de aquella mujer que él sí no había podido olvidar. Pero ella sí lo vió. Su corazón esta vez dió un vuelco y quiso gritarle a través del ruido, pero como si fuera una broma de mal gusto, esta vez quien desapareció fue el…

Pasaron muchos años. Ella decidió entregarse a quien le pareció que podría darle un futuro. Sin mucho convencimiento, pero con la voluntad de ser feliz. A él, la suerte le siguió siendo esquiva y maduró con la resignación de quien al menos lo intentó.

Pero la vida siempre guarda una sorpresa más. Una fría tarde de agosto  el padre de nuestra protagonista recibió un llamado urgente. Se había producido un grave accidente en una zona cercana y se requerían sus servicios. Solo para recordar viejos tiempos (quizás por alguna premonición repentina), ella decidió ir con su padre.

El hospital al que habían llevado a los heridos era un caos. La gente (en su mayoría familiares) iba y venía haciendo preguntas. Solo una de las salas individuales permanecía tranquila. Allí nadie corría, nadie preguntaba nada. Y hacia ese preciso lugar fue ella. 

Llamada por la curiosidad y sin pedir permiso, ingresó a ver quién era aquella persona dejada a la buena de Dios. Y si, amigos míos, era él. Su aspecto era horrible. Las heridas lo habían convertido en poco menos que un monstruo. Aun así, ella no tardó ni medio segundo en reconocerlo. Para ella aquel hombre que se debatía entre la vida y la muerte, seguía siendo aquel muchacho que un día desapareció con su comparsa dejándola con las palabras en el corazón. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Trato de contenerse, pero no pudo. Se inclinó y lo abrazó suavemente. Y fue allí que notó algo. Apoyada sobre la mesa de luz estaba un viejo y ya roído anotador. Ella lo tomó sin pensarlo dos veces. Solo una de las páginas estaba escrita. Imaginen cuán grande fue su sorpresa al ver su nombre junto a una pequeña y ya deslucida frase: “Llevare tu sonrisa conmigo por siempre. Te amo”. Su llanto se hizo más profundo y perdió las fuerzas de sus piernas. Y allí, en medio del dolor de ver partir a quien fue su verdadero amor y casi como queriendo no profanar aquel silencio que había marcado sus vidas, escribió su despedida en aquel anotador: “Te amaré por el resto de mi vida”. Dió media vuelta y simplemente se fue. Se llevo consigo su cuerpo, pero sin dudas su alma se quedó con él…

Solo tres veces cruzaron sus caminos. Pero eso les basto para forjar un amor tan grande como el universo mismo. ¿Puede una historia como esta suceder en la realidad? Probablemente no. Pero ningún mal nos haría sostener nuestra fe y al menos por un rato, creer que todo es posible…

FIN (Cuento propio. Inspirado en un pequeño fragmento del capítulo “Balada del amor imposible” perteneciente al libro “Crónicas del Ángel Gris” de Alejandro Dolina. Dedicado a esa mujer que aun sueño con volver a ver.)