martes, 28 de febrero de 2012

Amanecer…

¿Qué tan mala puede ser una tristeza luego de una alegría…?

Aquella mañana desperté sonriendo. ¿Cómo no hacerlo si lo tenía todo? Un buen trabajo, una casa hecha a mi antojo y mi maravillosa mujer durmiendo a mi lado. 

Me quede mirándola hasta que ella también despertó. Como ya era costumbre desde hacía días, ella no sonrió. Aun así, creí notar la felicidad en su mirada. Respiró hondo y quiso decirme algo. Callé sus labios con mis dedos y la besé. 

Ese beso, profundo y dulce, despertó al deseo. Acaricié su cuerpo por debajo de la sabana y sentí su excitación a flor de piel. Sin poder evitarlo más, nuestros sexos se juntaron e hicimos el amor salvaje y tiernamente. La pasión se desbordaba. El placer era infinito. Las horas pasaron y no hacíamos otra cosa más que delirar de tanto gozo. 

Al fin, nuestros deseos satisfechos y nuestros cuerpos cansados nos hicieron parar. Nos quedamos acostados y la abracé con todo mi amor. Recordé que al despertar ella quiso decirme algo y yo la detuve. Le preguntè que era. Su voz y sus palabras aun retumban en mi mente: “Ya no te amo. Hace días que quería decírtelo y no me animaba. Quiero el divorcio, me voy hoy mismo…”

FIN. (Cuento propio. Inspirado en la canción “Amanecí otra vez” de José Alfredo Jiménez que hace dos días no se va de mi mente.)

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