“Mierda, mierda, mierda. Voy a tener que apurarme si quiero
llegar a salvar al quinto elegido” -Era uno de los tantos pensamientos del
sirviente que se le arremolinaban y colisionaban entre sí dentro de su cabeza-
“Sino el hijo de puta del Sr. R. me va a cagar matando a mí”.
Saca el revolver del cajón. Corrobora que el cargador está
lleno. Agarra uno extra. “Espero no tener que usar más que una bala.
Normalmente me es suficiente” –Esconde al arma en la parte posterior de sus jeans.
El cinturón hace su trabajo al presionarla contra su espalda y evitar que
resbale y caiga. Echa un último vistazo al cuarto en donde se encuentra y lo
abandona. La noche esta en su punto más alejado de la luz del día.
A los cinco minutos se encuentra caminando por el bulevar de
una ruidosa e iluminada avenida, mientras repasa los pasos a seguir en voz
alta.
“Me presento: ‘Buenas noches Sr. Gómez, ¿Cómo está? Yo soy
poseedor de mil nombres, pero usted puede llamarme Sr. J. Le aconsejo que
guarde sus preguntas para otro momento, ahora haga lo que yo le digo y ni se le
ocurra siquiera mirar para el costado, porque le pego un tiro en el pecho ¿Soy
claro?’ Mmm, no sé, quizá le suena medio brusco al pobre infeliz…” –Mientras
habla consigo mismo, cruza la calle teniendo a la vista el lugar destino de su
visita. “Bueno, basta de boludeces. Acá estamos. Hora de la verdad”.
Su rostro esboza una tibia sonrisa involuntaria, similar a
la de un niño que sabe que está por cometer una travesura y que saldrá impune
de ella.
Esta zona de la ciudad está particularmente silenciosa, como
si la tierra se hubiera tragado la gente, los autos y los gatos alzados. “¿Es
que no pasa nada normal hoy? Ya ni sé si estaré soñando o esto está pasando
posta…” –Frena sus pasos. Observa la fachada de la vivienda que se alza frente
a él. La puerta que da a la calle está entreabierta. “Gente confiada. Está
lleno de chorros por acá” –Sin dudarlo mucho, se mete en la casa; al mismo
tiempo que se lleva la mano derecha hacia la parte baja de su espalda.
Probablemente algún vecino insomne escuche su grito: “¡La puta madre que me parió!”.
Esta historia episódica se publica simultáneamente en el
blog del Sr. Jack - infinitosobreinfinito.blogspot.com
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